OJOS QUE NO VEN…¡HOSTIA QUE TE PEGAS!

Dice el refranero popular…”Ojos que no ven, corazón que no siente” (yo añadiría… que “tampoco aprende” cuando nos mostramos “ciegos a nuestros propios errores”).

El miedo a cometer errores es común en muchas personas perfeccionistas o con baja autoestima.

Hay razones objetivas para sentir miedo. Es más, el miedo es una emoción básica que nos permite huir cuando las condiciones nos son adversas y así poder salvar la vida.

Sin embargo, al igual que el chándal no es la indumentaria más adecuada para cualquier ocasión, el miedo tampoco lo es. “Vestir la emoción” que nos impulse con mayor fuerza hacia la consecución de nuestros objetivos, parece lo más razonable.

Sentir miedo constante no te hace más precavido, ni más cabal. El miedo te impide desarrollar todo tu potencial, te resta eficacia, te hace vulnerable, dependiente y ansioso.

Todos sabemos cuáles son nuestros miedos. A veces, llevamos un disfraz que utilizamos para espantar a los demás, haciéndoles creer que somos fuertes. Es la pose que eligen muchos jefes, profesores, padres/madres, que atemorizan por miedo a que descubran su propio temor a ser incompetentes.

Las personas que lideran desde el miedo, consiguen que el error se esconda; además de obligarles a mantener una tensión y un control constante sobre los demás, evitando relaciones auténticas y climas de apertura y diálogo que permitan mejoras.

Frases del tipo: “¡Qué no se entere papá!”, “mi jefe me mata si se entera”; o respuestas como: “No sé nada”, “yo lo encontré así”, … son comunes en ambientes dominados por el chantaje emocional.

A menor autoestima, menor capacidad para enfrentarse a las críticas de forma constructiva.

Las personas exitosas, gozan de un saludable amor propio, y viven los errores no como fracasos, sino como información para superarse. “Abrazan el error” como camino a la excelencia, y es por ello que están pendientes de detectarlos y crean canales adecuados para recibir quejas y darles respuesta inmediata.

De todos es conocido que los fracasos no son el final, sino el principio para muchas personas exitosas, como por ejemplo: Thomas Edison (1847-1931) — Inventor (sus profesores decían que era demasiado estúpido como para aprender nada). Albert Einstein (1879-1955) — Físico (no habló hasta los cuatro años, y hasta los siete no aprendió a leer). Walt Disney (1901-1971) — (Un editor de periódico le despidió porque “no tenía ideas interesantes”).

¿Tenemos como Nación, la suficiente autoestima como para reconocer nuestros errores y aprender de ellos? o por el contrario ¿preferimos esconderlos o culpar a otros en lugar de asumir nuestra responsabilidad?

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¿Somos profesionales en reciclaje continuo para evaluar y ajustar nuestros conocimientos a las demandas de nuestro trabajo?

¿Revisamos nuestros objetivos personales y el método con el que tratamos de alcanzarlos?

En mi vida personal, ¿pido perdón, reconozco mis errores, trato de enmendar las consecuencias de los mismos y los utilizo como información útil para mejorar?

Si todos cometemos errores, ¿por qué te castigas tanto o eres tan severo con los demás?, ¿por qué mentir o poner excusas?

“El error obliga a rehacer el camino y eso enseña muchas cosas. La duda, no. Entre el error y la duda, opto siempre por el primero”. (Juan Benet)

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